El mercado petrolero mundial está literalmente raspando el fondo de los tanques. Asia ya llegó a sus niveles mínimos operativos, a Europa le queda poco tiempo y a Estados Unidos le podría estallar una crisis de desabasto en las manos para el mes de julio. Todo esto es el coletazo del duro shock energético que desató la guerra en Irán y las disrupciones en el Estrecho de Ormuz, según advierte el veterano estratega de mercados Jeff Currie.
Es fácil irse con la finta si solo se revisan las cifras globales de inventarios que salen en los titulares. La realidad es que gran parte de ese crudo almacenado no se puede usar nomás porque sí; se necesita mantener un colchón para que los oleoductos y los sistemas de almacenamiento operen sin riesgo de colapso. Lo que realmente queda disponible para mover el mercado es mínimo. Para Fatih Birol, jefe de la Agencia Internacional de Energía (AIE), la situación es clara y no pinta bien: si las exportaciones de Medio Oriente no se reactivan y las reservas siguen cayendo durante el pico de consumo de verano, para julio o agosto el mundo va a entrar directo en zona roja.
La bronca ya se está sintiendo fuerte en los precios de los refinados. En centros neurálgicos como Singapur, el problema pasó de la turbosina al diésel, que ya trae los precios por las nubes. Y aunque Europa ahorita respira relativamente tranquila porque se está tragando todo el petróleo que Estados Unidos está sacando de su Reserva Estratégica, Currie —quien fuera jefe global de materias primas en Goldman Sachs y ahora codirige Abaxx Markets— es tajante al decir que ese parche no va a aguantar mucho. Quitar el impuesto federal a la gasolina allá en el norte tampoco sirve de gran cosa. La única forma de arreglar este relajo es aumentar la disponibilidad de moléculas, es decir, meterle barriles físicos reales al sistema.
Pero aquí viene el giro irónico de los mercados financieros. Mientras los tanques físicos se vacían, los precios del crudo andan bajando y las bolsas andan de fiesta. El índice Nikkei de Japón acaba de romper récords históricos y los futuros del crudo Brent cayeron a 97.94 dólares el barril. Es una bajada fuerte respecto al mes pasado, aunque sigue carísimo si lo comparas con los precios de antes de la guerra. ¿El motivo de tanto optimismo? La pura esperanza de que Washington y Teherán por fin cierren un trato que abra de nuevo el flujo comercial.
Las señales políticas, eso sí, son una verdadera montaña rusa. El presidente Donald Trump aventó la noticia de que el trato ya estaba “prácticamente negociado” y que incluía la reapertura del estrecho. Pero luego le bajó dos rayitas en Truth Social diciendo que las pláticas van bien pero que no hay que apresurar las cosas y que no se van a permitir errores. Y mientras le miden el agua a los camotes en la mesa de negociaciones, la realidad operativa sigue completamente trabada. Irán tiene bloqueado el paso marítimo desde finales de febrero, ahorcando una quinta parte del comercio mundial de crudo, mientras que Estados Unidos mantiene su propio cerco a los puertos iraníes, un bloqueo que Trump juró no levantar hasta que el papel esté firmado, certificado y sellado.
En el fondo, la fotografía técnica no ha cambiado. June Goh, analista petrolera de Sparta en Singapur, pone los números sobre la mesa: hay entre 10 y 11 millones de barriles diarios que siguen fuera de la jugada por cada día que Ormuz sigue cerrado. Claro, si se firma la paz, el mercado espera que se libere un chorro de golpe de unos 100 millones de barriles que llevan meses varados en buques listos para zarpar. Pero destrabar este cuello de botella monumental no es como prender un switch. Los cálculos estiman que tomará de tres a seis meses regresar al status quo operativo y volver a echar a andar las refinerías. Al final del día, reabrir el estrecho es la única salida real a la crisis física, y la ironía es que precisamente esos inventarios en los huesos son la carta más fuerte que tiene Irán para presionar en la negociación.
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